jueves, 9 de noviembre de 2017

LA DEL ESPEJO

Imagen tomada de google 

Después de parir a mi hija en noviembre de 2014, por un tiempo (largo) estuve usado la ropa que me ponía durante el embarazo, por comodidad.  Inconscientemente me negaba a aceptar la realidad de lo que me pasaba y no entendía o no quería entender los mensajes que sutilmente me enviaban las personas a mi alrededor.  Es doloroso y demasiado traumático cuando al final de la ilusión te enfrentas con la realidad y ves desde todos los planos tu mundo empequeñecido y matizado de grises.
 
Comentarios de la gente como “antes un vestido así te hubiera quedado perfecto” - “así como eras antes” - “me gustaría verte como eras antes” Obvio que esta Irene de ahora no les gustaba, pero dónde está ese antes. Me transformé y no me di cuenta, quizá me pasó lo de Gregorio Samsa, lo peor es que en el espejo veía la misma yo de siempre, vestida con ropa de maternidad, pero era yo.

Mi esposo era la voz que me recordaba lo bella que siempre he sido. Me decía que ahora era más bella, mi gran adorno ahora era la maternidad, mientras el mundo me gritaba “gorda” ¿Quién era la gorda? ¿Puede haber una gorda fuera del espejo cuando me miro? Si fuera gorda, qué importaba, total para mi esposo era todavía la misma mujer delgada, de facciones finas que fue su novia. Sin embargo, esa misma voz que me alagaba, fue afortunada o desafortunadamente el instrumento que me llevó al encuentro con mi obesa realidad.

Cierto día mi esposo me invitó a comprar ropa. “Quiero probarme un pantalón de éste modelo talla 8” – le dije a vendedora en un almacén, ella me miró fríamente y me preguntó - ¿Está segura? – Sí- le respondí. Me trajo el pantalón y en una canasta traía otros del mismo modelo y color. Entré al vestidor. Debe haber un error, pensé cuando intenté ponerme el pantalón y no me subió de la pantorrilla. Desde adentro le pedí a la vendedora que por favor me pasara un pantalón talla 10, cuando me lo estaba entregando me dijo – Señora, quizá debería probarse un 12 o tal vez un 14 – No le respondí.  Algo pasaba con esa ropa, cómo era posible que no me entrara. Llamé de nuevo a la vendedora y antes de decirle ya me estaba pasado un pantalón talla 12, este tampoco me quedó. Después de intentar sin éxito ponerme un pantalón 14, me probé un 16, el cual me ciñó perfectamente.

Ahí dentro del vestidor, frente al espejo con las dos manos en la cabeza, ví por primera vez a mi yo gorda. Fue como abrir una ventana de una habitación oscura, la luz me encandiló muy fuerte. Ese día sólo compré una muda de ropa, para no desagradar a mi esposo.  Él trató sin éxito que yo viera otros modelos. ¿En qué momento pasó esto? me preguntaba una y otra vez, al día siguiente me pesé, tenía 89.5 kilos. He ahí la razón de mi agotamiento frecuente, los dolores en las rodillas y tobillos, así como otras maluqueras que sentía, las cuales se las achacaba al postparto.

Después de ese día, una especie de conformidad me embargó y empecé a pensar que para mí no había remedio, era mejor acostumbrarme a ser gorda. Al tiempo, decidí sacudirme y empecé una lucha contra los kilitos demás, he procurado no obsesionarme, he empleado algunos métodos, con cada uno he obtenido pequeños resultados y he procurado no retroceder. Voy avanzado, el proceso ha sido lento, llevo dos años y medio en mi lucha, he pensado en la posibilidad de operarme, pero, ese sería el último recurso, por ahora he descubierto o confirmado que eso de aprender a comer sí funciona para estabilizar el peso.

Por fin, he aprendido a comer, no someto mi cuerpo a aguantar hambre, como balaceado y trato de hacerlo a tiempo. Mi hija pronto cumplirá tres años, yo ahora peso 66 kilos, supuestamente, debo perder dos kilos hasta quedar en 64, pero ahora eso no me preocupa, me ocupo en mantenerme sin obsesiones con el peso. Ya no uso ropa grande. 

lunes, 27 de febrero de 2017

VIDA, CAMINO LARGO



Vivir es un hacer y hacerse todos los días. Ni siquiera en el estado de flojera más grande uno puede desprenderse de esa constante. Si no te haces, la misma vida te hace, del mismo modo si no haces, el destino lo hace por ti. Por ello no es válido quejarse cuando hemos sido pasivos con nuestro hacer y si el resultado final no te gusta, de malas, fue tú opción dejar todo en manos del destino. El avanzar es una constante intrínseca al ser humano, inevitablemente vamos hacia el éxito o el fracaso, lo cierto es que en este ahora no nos hallaremos mañana.

A veces, miro hacia atrás y me parece que tal vez el ayer fue mejor que hoy. Me pasa sobre todo con las fotografías, mi imagen en una foto de hace seis años se ve mejor que mi imagen en una foto de hoy. Quizá sea así, porque en ese entonces era más joven, era más delgada, mis facciones se veían más finas que hoy. La mujer de entonces, vivía más a prisa que la de hoy, iba atesorando sueños, manoseando un proyecto de vida y comiendo impulsos a cada paso, la mujer de hoy, sin haber suavizado el paso, es meditabunda, calcula los silencios como los vocablos. Antes, seis años atrás, cargaba al hombro una valija muy ligera, en cambio, la que hoy llevo a cuestas es un tanto más pesada, pues no sólo lleva mis sueños, sino también los de mi hija.

El camino es difícil en algunos tramos, en otros no tanto. De vez en cuando me arden los pies, me sudan las manos, mi cabeza se embota o se agobia, no sé, sin embargo, avanzo, por mí y por ella, porque finalmente para ella deseo lo mejor. Cuando digo lo mejor, no hablo sólo de cosas materiales, sino también de intangibles como el ejemplo. El ejemplo que yo quiero darle es el de una mujer valiente que caminó y luchó por forjar un futuro para ella.

Un día la miraré a los ojos y ella me tomará las manos, como yo lo hago a veces y tal vez me diga las mismas palabras que yo le digo a ella ahora, cuando tiene miedo por algo “tranquila, mientras estés conmigo nada te hará daño”