miércoles, 5 de octubre de 2011

LOS AMANTES


Imagen tomada de google

Eran las nueve cuarenta y cinco de la noche. Gabriel ya dormía, cuando repentinamente la puerta de la estrecha habitación se abrió, la luz del pasillo se coló hasta el interior y el ambiente se volvió penumbra. Gabriel se despertó al sentir la luz en su cara. Levantó perezosamente la cabeza, y vio en el umbral a contraluz la silueta de una mujer, de inmediato la reconoció, no necesitaba verle la cara para saber de quién se trataba, pues, a leguas podía distinguir aquel aroma a flores silvestres, además, aquella silueta delgada y esbelta, podía ser puesta junto a una multitud de figuras femeninas y aún así, él la reconocería, incluso con los ojos cerrados. - ¿No me esperabas? - Preguntó la mujer mientras se quitaba la chaqueta negra

-No. Vine aquí escapándome del mundo. Me siento ahogado.

- ¿También querías escapar de mí?

Gabriel se sentó en la cama y su profundo silencio respondió la pregunta de Susana, quien en ese momento cerraba la puerta.

– Pero escogiste mal el lugar para escaparte –dijo ella

Gabriel agachó la cabeza y no respondió

- ¿Y ahora qué fue?-preguntó Susana.

-Nada, ese es el problema...

– Había jurado no volver a este lugar, y a ti – dijo ella interrumpiéndolo.

En ese momento Susana ya estaba sentada en el borde la cama. Y con sus dedos empezó a rosar los labios de él. Gabriel sintió ganas de pararse y salir huyendo de ahí, como lo haría un cobarde, pero empezaba a sentirse aletargado. -Cómo me gustaría que pudieras comprender mí… - Antes de que él terminara la frase, un beso le robó las ganas de continuar hablando, entonces se halló envuelto en dulces y calladas caricias. Poco a poco trenzaron sus cuerpos y humedecieron de pasión el alma y de sudor la cama. Luego los mimos de Susana llevaron a Gabriel de la lujuria a la ternura absoluta hasta que los venció el sueño.

La mañana los sorprendió muy rápido. Gabriel se despertó cuando sintió el vacío a su derecha en la cama, azorado se sentó, frotó sus ojos y pasó la mano por la cabeza.– Se fue sin despedirse – pensó. Al repartir la vista en la habitación vio el bolso y el abrigo de Susana, entonces se tranquilizó. Casi en el acto se acercó ella cargando un azafate y sobre él varias piezas de una bajilla ocupadas con comida – Preparé desayuno para los dos – le dijo ella acomodándose sobre la cama, él le agradeció con un beso en la frente, mientras ella le ofrecía un pequeño bocado. ”Nuestro último desayuno juntos” quiso decir él, pero aguantó la expresión en la punta de la lengua, no era el momento para estropear la magia que los sobrecogía. Escogió mejor vivir el instante que la vida le ofrecía, quizá era demasiado para lo que merecía, quizá ninguno de los dos tenían derecho a experimentar aquella felicidad que aunque pasajera, era intensa y los llenaba de vigor.

-¿A qué hora viajas?

-A las diez

- Iré al terminal a despedirte

-No. Dejemos este ahora como la despedida – Diciendo estas palabras los ojos de Susana le regalaban a Gabriel una mirada fría, pero llena de nostalgia y de una ternura jamás conocida por él, en otro ser que no fuera ella. Desde que sus caminos se cruzaron, ambos supieron que ahí empezaban a recorrer un camino sin destino, lleno de espinas, giros extraños y paradójicamente lleno de crudas certezas. Más que luchar por estar juntos, su relación era una terca lucha contra el tiempo y sus designios. La vida es una obra de teatro, que se presenta en una sola función y no hay tiempo para ensayarla, el escenario y los actores de reparto cambian de tiempo en tiempo, esta vez, le tocaba a Gabriel representar un capitulo donde Susana no tenía libreto y ella ya lo había entendido.

-Perdóname, Susana.

-Me voy sin reproches, me llevo los buenos momentos… Deberías irte con migo

-Hay lazos demasiado fuertes que me atan a esta ciudad, tú lo sabes

- Sí, ella.

-...y los niños

-No son tus hijos

- Como si lo fueran

Susana se levantó, agarró sus cosas y salió de allí. Cuando Gabriel trató de alcanzarla, encontró la calle desierta.

……

Desde un tercer piso, Gabriel vio guardar las maletas de Susana en el baúl del autobús. Ella antes de abordar miró al cielo como suplicante y luego repartió la mirada en derredor, más que simplemente mirar, escrutaba el contorno en busca de él. “Acéptalo, Susana, no vendrá,” se auto regañó. El sereno que caía, en ese instante se volvió lluvia impetuosa. Subió al autobús el cual, ya tenía el motor prendido, se ubicó en la primera fila al lado de la ventanilla. Tenía el rostro y el cabello mojados. Sacó de su bolso de mano una pañoleta y se secó, aunque después su cara volvió a mojarse, esta vez de llanto.
 
Cuando el autobús empezó a retroceder para virar lentamente hacia la salida del terminal. Susana recostó la cabeza de lado sobre la ventanilla, por un instante se distrajo viendo como rodaban las gotas de lluvia por el vidrio y destellaban las luces de las lámparas de los postes, y las de los otros vehículos. Intempestivamente el autobus se detuvo y ella se reincorporó cuando le golpearon la ventana, era Gabriel visiblemente fatigado (había bajado corriendo por una rampla desde el tercer piso). Cruzaba los brazos sobre su pecho, ella leyó en sus labios un “te amo”, que languideció mucho más su corazón. El vehículo reanudó la marcha, Gabriel lo vio alejarse hasta que la distancia se lo tragó en la oscuridad de la noche. Mientras sacaba de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta un tiquete de autobús, el cual mojó con una lágrima escurridiza que se le salió al descuido, entonces sin vacilaciones lo partió en dos y lo tiro en la primera caneca de basura que encontró a su paso.


Irene Tapias

4 comentarios:

  1. COMO HAS ESTADO???????????????
    Tanto tiempo.
    Un abrazo grande.
    mar

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    Respuestas
    1. Querida Mar. Me alegra mucho volverte a ver. Yo estoy bien. Nos estamos leyendo

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  2. Excelente relato me ha encantado
    saludos y felicitaciones

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  3. Ups mi blog se elimino sin querer, pero estás invitada al nuevo y a mi Cumpleaños también.
    Cariños.
    mar

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